Leyendo la Biblia en un contexto asiático
María Ko Ha-Fong
Comenzaré por una escena de la Biblia. Por un camino desierto entre Jerusalén y Gaza, un hombre sentado en su carruaje iba leyendo las Sagradas Escrituras. No es un hebreo sino un eunuco procedente de la lejana Etiopía, una región de los límites del Imperio Romano. Felipe se le acercó y se entabló un diálogo que acabó en bautismo.
Todos recordamos esta historia, contada tan al vivo por Lucas en los Hechos de los Apóstoles (8, 26-40). Lo que nos choca inmediatamente al leerla es la intervención arrolladora del Espíritu Santo que guía a Felipe y a la primitiva Iglesia en estos primeros pasos de evangelización. Con todo, no deberíamos soslayar, como menos significativa, la admirable acción del mismo Espíritu Santo en el eunuco etíope. Pertenecía a una cultura y una tradición extranjeras, pero simpatizaba con la fe hebrea. En su peregrinación al volver de Jerusalén iba absorto leyendo las Escrituras. Sus esfuerzos eran sinceros, su apertura de corazón admirable, su búsqueda de la verdad intensa. Y con todo, no acertaba a entender el pasaje que estaba leyendo. "¿Cómo voy a poder entenderlo si nadie me lo explica?... Dime ¿de quién habla aquí el profeta, de sí mismo o de otro?". Estas preguntas hechas a Felipe revelan una búsqueda ansiosa de la clave para entender la revelación divina.
Entre sus manos está el rollo de las Escrituras, abierto, fascinante, acogedor, estimulante, prometedor. El texto se ofrece incondicionalmente al lector, sea quien sea. En este caso, la Palabra de Dios se abre a este pagano sencillamente; no se opone ni se impone. Es misteriosa, pero no oscura; atractiva, pero no gratificante de inmediato.
Así, contemplando esta hermosa escena, he querido introducir mis reflexiones sobre "cómo leer la Biblia en el contexto asiático". Pienso que esta figura del etíope que va leyendo la Biblia es una figura emblemática. Puede representar a todos aquellos que, al intentar entender la Biblia, tropiezan con el reto de tener que superar las barreras culturales. En esa figura podemos ver fácilmente a alguien de China, de la India, del Japón... y ese camino que va de Jerusalén a Gaza pudiera ser muy bien cualquier camino de nuestro vasto continente asiático en el que vive el 60% de la humanidad.
Concentraré mis reflexiones en dos puntos. En el primer punto, quiero invitarles a ustedes a contemplar la Biblia en las manos de los asiáticos de hoy. Por su misma naturaleza, la Biblia está abierta a todos los lectores, la Palabra de Dios está destinada a ser predicada a todos los pueblos de todos los tiempos y de todas las culturas. En los 2.000 años de cristianismo, la propagación de la Palabra de Dios (o, usando una hermosa expresión paulina, "el correr de la palabra": 2 Tes 3,1) ha ido siguiendo el itinerario trazado por el Espíritu Santo. Comenzó en el Este, viajó por todo el mundo occidental y, desde allí, vuelve al Este penetrando más y más el inmenso continente de Asia. A lo largo de estos viajes, la Biblia crece continuamente y se enriquece. Hoy la Biblia que llega a las manos de un asiático está llena de toda esa enorme y preciosa riqueza. Y sin embargo, a veces, aún reconociendo el valor de toda esa riqueza, el asiático siente dificultad para aceptar algunos elementos, porque le resultan demasiado diferentes, o lejanos o extranjeros o, simplemente, demasiado occidentales.
En el punto segundo, nos fijaremos no ya en el libro sino en el lector, preguntándonos: ¿cómo lee la Biblia un asiático? ¿Existe una manera asiática de interpretar la Biblia? ¿Qué contribución puede hacer Asia y cómo puede enriquecer a la Biblia mientras ésta sigue su curso?.
¿En qué lengua y escritura leía el etíope el texto de Isaías? Imposible saberlo. Sin embargo, el hecho de que este texto estuviera en las manos de un extranjero parece ser un símbolo significativo, una auténtica profecía. Testimonia que la Biblia está abierta a ser entendida en culturas diversas; que la Palabra de Dios se ofrece a ser traducida a lenguas diferentes y a transformarse en diversos estilos de comunicación humana. Esto resulta evidente si se considera el hecho de que hoy la Biblia, al menos en parte, ha sido traducida a unas 2.090 lenguas, se expresa en la poesía, en la música, en el arte, en la danza, en el Cine... y es reconocida como "el gran Código" del arte y la literatura. (1)
Pero, aunque resulta evidente, es en realidad una característica de las Escrituras cristianas que no es generalmente compartida por otras. La comparación con las escrituras de otras religiones pone de manifiesto ese hecho. Muchas religiones, tanto aquellas restringidas a un cierto grupo étnico, como otras extendidas ampliamente por todo el mundo, son muy estrictas en mirar como normativas la lengua y la cultura de sus orígenes. Por ejemplo, es muy difícil imaginar que un shintoísta vaya a usar una lengua distinta al japonés; o que un taoísta, a la hora de leer sus escrituras, va a leer en una lengua que no sea el chino. Un judío ortodoxo continúa hoy mismo leyendo y rezando la Biblia en hebreo, un musulmán mira como normativo al Corán escrito en árabe, y los sacerdotes brahmanes del hinduismo siguen utilizando el sánscrito en sus textos litúrgicos. Para los budistas igual que para los musulmanes es impensable la idea de poner sus textos sagrados en música o de adaptarlos al teatro o al cine tal como hacen los cristianos con la Biblia.
Esta apertura de la Biblia cristiana a tal variedad de lenguas y culturas no puede explicarse simplemente como el resultado de los esfuerzos de evangelización y de la expansión misionera mundial del cristianismo. Tiene su motivación teológica profunda en la misma naturaleza de la Biblia. Quiero explicarlo brevemente en los siguientes apartados.
Empleo de la palabra "entregada" no sólo porque manifiesta el sentido de humildad y de fe que Dios tiene en la humanidad al elegir el lenguaje humano como medio de comunicación, sino también por el significado cristológico que esa Palabra ("paradídomi") tiene en los evangelios. De hecho, la Biblia cristiana no sólo contiene el mensaje de Cristo sino que refleja igualmente en sí misma su misterio. Es como un icono de Cristo, un testigo de su presencia continuadora y una prolongación de su "entrega" a todo el mundo a lo largo de toda la historia.
De manera especial la Biblia refleja y testifica el misterio de la Encarnación y el de la Pascua. En la Encarnación, Dios se entrega al mundo escondiéndose en la humildad de la naturaleza humana, en las Escrituras. Queda encerrado en la humildad de la palabra humana, adaptándose plenamente a la contingencia histórica, pobreza y fragmentación del lenguaje humano (2). La Sabiduría infinita pone su morada en un libro. La Palabra de Dios acepta encerrarse en el espacio limitado de un texto, dispuesta incluso a ser sacrificada en la rigidez de la palabra escrita para renacer de nuevo en los contextos ilimitados de la vida diaria, dando vida a un infinito número de lectores de cualquier época y cualquier cultura.
No es difícil tampoco captar una fuerte analogía entre la Biblia y la Eucaristía en la que Cristo se entrega como alimento de vida eterna y en la que el mundo entero y toda la historia quedan entregados bajo los signos de pan y vino. En la Biblia, la palabra humana es el signo sacramental a través del cual se realiza en Cristo la unidad de toda la humanidad con Dios. (3)
Una de las características de la acción de Dios entre nosotros aparece en lo que dijo Dios a Abraham en los comienzos de la historia de Israel (Gén 12,3): "En ti serán benditos todos los pueblos de la tierra". La lógica es la siguiente: de uno a muchos, en una apertura universal. Yo creo que esta lógica es igualmente válida para la Biblia: de una Biblia a muchas Biblias. Dentro de la Biblia misma encontramos indicaciones de esta universalidad del texto escrito y de la necesidad de su multiplicación en lenguas y contextos diferentes. Voy a señalar dos de esas indicaciones.
La primera es el texto sobre la cruz de Jesús según el evangelio de Juan (Jn 19, 19-22). En el letrero puesto sobre la cruz Pilato hizo escribir la sentencia "Jesús Nazareno, Rey de los judíos" en tres lenguas: hebreo, latín y griego. Estas tres lenguas representan tres mundos: la realidad religiosa, la cultural y la sociopolítica de los tiempos de Jesús. Todos sus contemporáneos, de cualquier lengua o contexto cultural diario, habían de tener la posibilidad de entender esta revelación del señorío universal de Jesucristo. El mensaje de la cruz hay que escribirlo en muchas lenguas y proclamarlo hasta los confines de la tierra en los términos más universales posibles. Todos los pueblos, todas las lenguas, todas las culturas han de ser llevadas a Jesús, tal como El mismo anunció: "Cuando sea levantado en alto, todo lo atraeré a Mí " (Jn 12, 32) .
El segundo texto se refiere a Pentecostés. Tras escuchar la predicación de los apóstoles, sus oyentes, venidos de varias partes del mundo, se dijeron maravillados: "¿No son éstos galileos... Y sin embargo cada uno de nosotros estamos escuchando el anuncio de las grandes obras de Dios en nuestra propia lengua" (Hch 2, 7-11). Las obras de Dios son transculturales; encuentran su hogar en todas las culturas. La Palabra de Dios es universal; se la puede proclamar en cualquier lengua. Pentecostés ofrece la visión de una humanidad nueva en contraste con lo que aparece en el episodio de la torre de Babel. Allí la pluralidad de lenguas creó confusión y acarreó separación; aquí en cambio esa pluralidad entraña riqueza y suscita asombro y alabanza. Todos acogen la misma "Buena Noticia", cada cual en su propia lengua y dentro de su propia identidad cultural. Es el Espíritu Santo el que guía y garantiza esta unidad en la diversidad a través de toda la vida de la Iglesia.
Al evangelista Lucas le gusta describir el desarrollo de la misión de la Iglesia con una expresión simple pero significativa: "La palabra de Dios crecía" (Hch 6,7; 12,24; 13,49; 19,20). Una vez que la Palabra de Dios quedó fijada por escrito, es cierto que ya no creció en contenido o cantidad, pero ha crecido en número de ejemplares y de traducciones, al igual que en distintas e innumerables ediciones.
Pero no es sólo eso. Ha habido también otro crecimiento, más poderoso todavía, aunque oculto e inconmensurable: la realidad de la Biblia no ha cesado de crecer a lo largo de la larga historia de la Iglesia: ha crecido en credibilidad gracias a quienes la viven y la testimonian; ha crecido en profundidad de sentido, gracias a los estudios exegéticos y teológicos que desentrañan su riqueza; ha crecido en vitalidad, gracias a las celebraciones litúrgicas y a la actividad pastoral; ha crecido en universalidad, popularidad y relevancia cultural mediante su penetración en los varios contextos socio-culturales.
A menudo se oye hablar ahora de la "historia de los efectos" (Wirkungsgeshichte), expresión bien conocida en el campo de la hermenéutica. Pues bien, sin duda alguna, no hay libro en el mundo que haya tenido una tan rica y larga "historia de efectos", ni ha habido libro alguno que haya crecido tanto y haya resultado tan fructuoso.
En una de sus célebres afirmaciones sobre la Biblia, Gregorio el Grande escribió: "Scriptura cum legente crescit" (4), la Escritura crece con quien lee; crece con el mismo esfuerzo de leerla. Es un crecimiento simultáneo del lector y de la Palabra o, mejor, del lector con la Palabra y de la Palabra con el lector.
La capacidad de crecimiento va en relación con la gran adaptabilidad de la Palabra de Dios y con su irresistible fuerza para implicar al lector. En su comentario a la visión profética de Ezequiel, Gregorio el Grande compara la Escritura a una rueda que, con su redondez y continuo movimiento, se ajusta a las diferentes mentalidades y capacidades de comprensión de los lectores (5). Producto final de un largo proceso de tradición y punto de convergencia de influencias provenientes de distintos en tornos culturales, tales como Mesopotamia, el mundo semítico y el greco-romano, la Biblia se abre hoy a innumerables posibilidades de crecimiento. Para la Palabra de Dios no hay cultura impenetrable.
Tras haber afirmado que la Biblia cristiana es, por su misma naturaleza, un libro abierto a todos, un libro destinado a extenderse, crecer y entrar en cualquier cultura como un desafío a la vida, quiero ahora centrarme en Asia para ver cómo ha crecido realmente la Biblia en este continente tan inmenso y tan diversificado, y cómo ha logrado convertirse en fermento en medio de tan complejas culturas.
A primera vista, la perspectiva no se presenta optimista. Todos sabemos que la presencia cristiana en Asia es minoritaria. Sólo un 3% de la población es cristiano y, si descontásemos las Filipinas, este porcentaje descendería hasta el 1%. Por lo tanto la Biblia no tiene gran influencia en la cultura general. Nos viene naturalmente la pregunta que se hacía el misionólogo Walbert Bühlmann: "¿Por qué esto? Los otros continentes fueron cristianizados uno tras otro. Incluso Africa, para el año 2000, contará probablemente con un 57% de cristianos. ¿Por qué Asia, el más religioso de todos los continentes, se ha vuelto casi una esperanza prohibida para la Iglesia?" (6). La pregunta es provocadora. En realidad Asia no es, para la Iglesia, una esperanza prohibida sino más bien "un gran desafío para la evangelización", como lo afirma el papa en su carta apostólica "Tertio Millenio Adveniente" (7). Hay muchos signos de esperanza, y uno de ellos es precisamente este crecimiento y propagación de la Palabra de Dios durante las últimas décadas. Yo diría que, sobre todo, durante los últimos diez años.
Es un hecho innegable que la Palabra de Dios ha encontrado su puesto central en la vida de la Iglesia después del Vaticano II. En la Iglesia Católica ello significa una vuelta a la Escritura tras siglos de exilio (8). Eso es verdad especialmente para la Iglesia de Europa. Aquí en Asia, más que de una vuelta debemos hablar de una epifanía de la Palabra de Dios, de un descubrimiento de la Biblia, no porque Asia no hubiera conocido ya antes la Biblia sino porque la Escritura nunca había ocupado un lugar importante en la primera evangelización de Asia. Permítanme hacer dos referencias a la historia para ilustrar este punto.
En los primeros siglos, los misioneros, en sus esfuerzos por propagar la Biblia, se encontraron a veces en la necesidad de inventar una escritura para los pueblos entre los que trabajaron, (tal fue el caso de los Santos Cirilo y Metodio entre los eslavos), o incluso de tener que poner en marcha una literatura cultural allí donde faltaba una auténtica cultura indígena. Distinto es el caso del Asia oriental donde los misioneros no encontraron un vacío cultural sino un entorno lleno de religiones vivas y de tradiciones antiguas. Se encontraron con una realidad civil desarrollada que podía enorgullecerse de unas culturas elevadas y de una filosofía refinada. En China, por ejemplo, cuando los misioneros comenzaron a traducir la Biblia en los años 1600, se dieron cuenta de que era una aventura fascinante y difícil. Casi para cada palabra tenían que elegir entre crear algo totalmente nuevo que los chinos no iban a entender apenas, o adaptarse a expresiones empleadas corrientemente en la realidad, con el riesgo de caer en ambigüedades (9). Por ejemplo, tuvieron que preguntarse si el término "tien-zhu", que significa "el Señor de los cielos", podía ser correctamente empleado para hablar del Dios cristiano. De hecho, la traducción de la Biblia en Asia exige un proceso de diálogo y de profunda inculturación. Las primeras Biblias traducidas a las lenguas asiáticas, aun siendo fruto de un gran esfuerzo e inteligencia, no podían tener en cuenta todo esto, y por eso muy pocos podían entenderlas.
Otro factor debe también tenerse en cuenta. La gran época de la expansión del cristianismo en Asia, entre los años 1600 y 1800, coincidió con el período de rigidez que siguió al Concilio de Trento. Los misioneros compartían la mentalidad común de entonces de que la Biblia hay que leerla con mucho cuidado y es para pocos. Para la fe, el libro más importante no era la Biblia sino el catecismo (10). Se abría la Biblia sobre todo para justificar doctrinas, o para encontrar material edificante con el que adornar la predicación. Los fieles no tenían acceso directo a la Biblia sino sólo a través del ministerio y liturgia del sacerdote. Por esta razón, desde sus comienzos, la Iglesia católica en Asia fue conocida más por sus grandes figuras misioneras, por sus estructuras organizativas espléndidas y eficientes, por sus obras de caridad, por sus magníficas iglesias, por el estilo europeo de sus prácticas religiosas, y menos por su espiritualidad y sus libros sagrados. En cambio para los asiáticos, a la hora de propagar una religión, la literatura religiosa es mucho más importante que lo que puede parecer a un occidental. Un testimonio de ello es la expansión del budismo en China. Entre los años 400 y 600 cientos de monjes y peregrinos budistas emprendieron peligrosos viajes para llegar hasta la India y encontrar los textos sagrados originales. Otro ejemplo lo tenemos en la evangelización de Corea. El cristianismo en Corea no nació del esfuerzo de misioneros extranjeros llegados al país, sino del estudio de los libros cristianos traídos desde China por algunos coreanos convertidos.
Desde el Vaticano II la Biblia ha sido puesta en manos de los pueblos asiáticos de una forma nueva. El encuentro con el texto sagrado se ha vuelto más inmediato y más intenso, más frecuente y más vital. En parte ello se debe también a una mejor traducción y a un mayor esfuerzo de inculturación.
En este nuevo encuentro los cristianos asiáticos están descubriendo las maravillas del texto sagrado, comprueban con sorpresa que está muy cerca de su propia mentalidad, de su propia manera de pensar y de expresarse. Se sientan en casa con su estilo narrativo, con las parábolas y metáforas, con los concisos oráculos de los profetas, con las plegarias poéticas y, especialmente, con las reflexiones sapienciales. Son los mismos medios que se empleaban en los antiguos escritos para comunicar experiencias y la sabiduría de la vida.
La Biblia presenta ante el lector un gran despliegue de símbolos e imágenes, un vivo entretejido de palabras y silencio, de tiempo y espacio. Se oye en ella la voz de Dios, la del hombre, la de la naturaleza, la de todo el cosmos. Se siente uno introducido en la armonía misteriosa, a la vez que, dentro de uno mismo, el corazón vuela a las alturas de lo infinito, hacia la plenitud. Eso es precisamente lo que un oriental ansía y lo que espera de la revelación divina.
No debemos sorprendernos de que, en estas pocas décadas de después del Vaticano II, todas las Iglesias asiáticas hayan experimentado un aumento de iniciativas en torno a la Palabra de Dios. Y allí donde la Biblia ocupa un lugar central se produce una vitalidad auténtica, un crecimiento cualitativo en todos los aspectos de la comunidad eclesial. La Biblia ejerce una fascinación extraordinaria y goza de una amplia difusión no sólo al interior de la Iglesia sino también entre los no cristianos. En Japón, por ejemplo, la mitad de las familias tiene en casa una Biblia. Incluso en China se van multiplicando los llamados "cristianos culturales", es decir, intelectuales no cristianos que estudian la Biblia y se interesan por el cristianismo.
Sin embargo, la conciencia de que se va acortando la distancia entre la Biblia y sus lectores asiáticos no debe llevarnos a una lectura meramente espontánea y acrítica que ignore la historia, como si el texto hubiera llegado a ellos directamente, sin mediación alguna. Cuando un asiático lee a un clásico de la antigüedad, lo hace con una gran reverencia y con actitud de profunda gratitud. El libro pesa en sus manos. Es el peso de la tradición, de la sabiduría acumulada a través de los tiempos. Cuando toma en sus manos la Biblia, el lector asiático siente ese peso de una manera especial. Tiene la impresión de ser heredero no sólo de la historia del Antiguo y Nuevo Testamento, sino también de todas las generaciones de fieles que le han precedido y han leído, estudiado y vivido este texto sagrado. Se siente inmerso en ese flujo generacional, acoge y agradece el tesoro de la exégesis patrística, de los estudios medievales, de la riqueza de los métodos histórico-críticos de la época moderna, y de los diversos tipos de interpretación que han enriquecido el texto sagrado a lo largo de la historia. Al mismo tiempo debe estar alerta para evitar que toda esa riqueza le llegue a abrumar. Tiene que discernir, adaptar y elaborar de manera que toda esa herencia le resulte realmente fructífera.
Ahora podemos preguntarnos: fortalecidos por el descubrimiento de su cercanía al mundo de la Biblia y conscientes de la riqueza heredera de Occidente, ¿pueden los asiáticos tener su manera propia de leer la Biblia? ¿Tiene Asia algo que ofrecer al Occidente a cambio de lo que tan abundantemente ha recibido?
El documento de 1993 de la Pontificia Comisión Bíblica "La interpretación de la Biblia en la Iglesia" claramente reconoce que "la interpretación de un texto depende siempre de la mentalidad y las preocupaciones de sus lectores". Por eso, los esfuerzos de inculturación deben ser continuos. Y refiriéndose especialmente a los países en los que la evangelización está aún en sus comienzos, la Comisión Bíblica advierte: "Los misioneros inevitablemente llevan la Palabra de Dios ya inculturada en la cultura de sus país de origen. Es, pues, necesario que las Iglesias locales dediquen energías inmensas para ir pasando de estas formas extranjeras de inculturación de la Biblia a otras formas que se ajustan a la cultura del propio país" (IV, B).
Durante los últimos diez años ha habido en Asia algunas actividades en esa dirección (11), pero no existe todavía una reflexión amplia y sistemática. Ciertamente no es de esperar que los asiáticos elaboren métodos y modelos alternativos a los ya existentes en el campo de la exégesis científica. Incluso es posible que no haya nada absolutamente nuevo en la manera asiática de leer la Biblia. Se trata más bien de una sensibilidad hermenéutica específica, de una nota característica que viene a integrarse en la riqueza y armonía de esta aventura universal maravillosa de interpretar la Palabra de Dios. Voy a limitarme a algunas de estas posibilidades hermenéuticas.
En la hermenéutica bíblica, este verso lo citaban los rabinos para ilustrar el sentido desbordante de la Escritura en la que lo "más" mora en lo "menos". Cada palabra, cada letra de la Biblia lleva una carga de sentido muy por encima de su capacidad. Cada palabra es una "concentración maravillosa de lo Infinito", como señala E. Lévinas, de manera que el lector debe ir "más allá del verso" (12) . En este sentido, la interpretación bíblica es potencialmente infinita. (13)
El lector oriental está más abierto a intuir lo infinito, debido tal vez también al tipo oriental de escritura, que predispone para esa dimensión. Antiguamente los hebreos leían las Escrituras de acuerdo a un sistema alfabético hecho sólo de consonantes. Las vocales no se escribían: eran como el aliento vital invisible que animaba y daba sentido a una sarta de consonantes, transformándolas en palabra. Las vocales son flexibles, variables, movibles, definidas por el lector en cada lectura. Las consonantes en cambio son fijas, van ordenadas de una determinada manera y quedan a la espera de que se descubra su sentido. Con una imagen del relato de la creación del Génesis, las consonantes se asemejan a los animales que pasaban en procesión ante Adán para recibir un nombre. Esta lectura se convierte en un proceso dinámico en el que es indispensable la interacción entre el lector y el texto.
Esta característica es común a las formas de escritura del Extremo Oriente. Por ejemplo, en los ideogramas chinos las palabras no se componen de una sucesión de letras sino que son una representación global, simbólica de la realidad. Las escrituras que usan el alfabeto occidental invitan a la mente a seguir una sucesión en un orden predeterminado, a buscar la jerarquía de cada una de las partes de acuerdo con diferentes modelos lógicos, a analizar racionalmente, a detectar los posibles lazos de la composición, a señalar causas y efectos. Todo esto estimula al lector a establecer procesos metodológicos, a pasar de los hechos a los conceptos, a privilegiar las pruebas más que el misterio, la verdad experimental más que el mito, lo técnico más que lo artístico, la pronunciación correcta más que la caligrafía hermosa, la gramática más que el estilo.
Para captar el significado de lo escrito, un occidental ha de intentar "understand", ponerse debajo, someterse a las leyes objetivas. En cambio la lectura de las escrituras orientales invita al lector a "go beyond", ir más allá de letras y signos. El sentido de las palabras no es el resultado de la combinación lógica de cada elemento; es, más bien, evidente por sí mismo, y se revela no tanto mediante un análisis racional de las partes cuanto mediante la contemplación del todo. En el proceso mismo de la lectura, la relación entre el lector y el texto, entre el "medium" y el mensaje es dinámica y simbólica, con abundante espacio para la interacción creativa. Consecuentemente, en las lenguas orientales, la mayoría de las palabras tienen significados múltiples y su estructura es flexible, sin todo un conjunto de normas gramaticales o de sintaxis. Aunque en Oriente hay una larga tradición literaria y un rico patrimonio de obras escritas, los orientales no se preocupan mucho de desarrollar principios o modelos hermenéuticos.
La tendencia a transcender el aspecto material de la palabra escrita adiestra la mirada para buscar lo que no está escrito, o que no está dicho ni expresado; para descubrir el silencio que alimenta, dando profundidad v consistencia a la Palabra.
Contemplemos por un momento una pintura oriental: nunca el paño de seda o papel esta cubierto todo de colores. Hay siempre una parte de espacio en blanco; de hecho, a menudo hay mucho más espacio en blanco que pintado. Ese espacio en blanco no significa un vacío; es una apertura al infinito, un campo de libertad lleno de posibilidades, una invitación a ir más allá de lo que está pintado. Forma parte del cuadro, y en combinación con los trazos de color, forma una unidad armoniosa. El movimiento en el cuadro va de los colores a la transparencia de la luz. Es como la poesía que va de las palabras al silencio que las envuelve, como la escritura y la lectura que van de lo visible a lo que no se ve. Se va siempre de lo limitado a lo infinito, en un proceso abierto. Lao Tse, el antiguo filósofo chino fundador -según se cree- del Taoísmo comienza sus reflexiones sobre la naturaleza del Tao con estas palabras: "El Tao que puede ser expresado no es el Tao eterno. El nombre que puede ser nombrado no es el nombre eterno". (14)
Los orientales valoran los espacios en blanco y los silencios. No les gusta hacer largos comentarios ni dar extensas explicaciones de sus escritos religiosos o de sus libros clásicos, porque el fruto de la palabra no estriba en multiplicar palabras. Como enseña un dicho del Budismo zen, la palabra debe ser como el dedo que apunta a la luna: hay que mirar a la luna, no al dedo que la señala.
Estas características de la cultura oriental predisponen al lector a considerar la lectura de la Biblia como algo siempre nuevo. La revelación se renueva sin interrupción. Efrén el Sirio, uno de los padres de la Iglesia oriental, compara las Escrituras a un manantial: "Es la fuente la que sacia tu sed, y tu sed no agota la fuente" (15). No hay que reducir la lectura de la Biblia al desciframiento técnico de un texto. El lector que se acerca al texto sin excesivos pretextos ni pretensiones es un lector abierto, humilde y agradecido, dispuesto a acoger sorpresas, a sumergirse en lo infinito, en el silencio de lo maravilloso. Sabe que, como confesaba el sabio Ben Sira, la sabiduría de Dios es inmensa: "El primer hombre creado no acabará de comprenderla, y el último no podrá rastrearla (Eclo 24, 28).
Es verdad que los elementos que venimos enfatizando no pueden ser considerados como exclusivamente orientales ni tampoco hay que supervalorarlos unilateralmente. La lectura trascendente del texto debe enraizarse en un conocimiento histórico del mismo texto, si no queremos ser arbitrarios. También el texto, por su parte, reclama un estudio serio que evite arbitrariedades y exige el derecho a ser respetado tal como es, en su identidad histórica.
Hay todavía otro punto que no debe ser pasado por alto: las características culturales y, en general, los principios hermenéuticos no pueden ser aplicados sin más a toda la Biblia prescindiendo de la mediación de una sana reflexión teológica. La revelación bíblica lleva dentro su propia inteligibilidad intrínseca que no debe perderse al encarnarse en las diversas culturas. Los lectores asiáticos, a la vez que tienden a trascender la letra y entender lo que no está escrito, deben recordar lo que dijo Ignacio de Antioquia: "Sólo quien posee la Palabra de Jesús puede entender también su silencio y alcanzar la perfección". (16)
Sabido es que los orientales viven un fuerte sentido de unión con sus tradiciones y sus antepasados. También en los campos del conocimiento y de la hermenéutica aparecen esas características: las experiencias de los propios antepasados, la sabiduría de los propios padres, maestros, hombres sabios y gurús juegan un papel importante en la búsqueda de la verdad y en la interpretación de los escritos religiosos. Confucio, el gran maestro y filósofo chino, se presentaba a sí mismo de esta manera: "Yo no nací en posesión de la verdad; soy alguien que ama a sus antepasados y busca ardientemente la verdad en ellos" (17). En el libro del Eclesiástico, al describir al sabio, encontramos una frase parecida: "el sabio busca la sabiduría de sus antepasados" (Eclo 39, 1). Pero la frase "pregunta a tus padres" no implica sólo indagar en el pasado: al mirar al pasado y a sus continuos cambios, los orientales ven algo eterno, y al escuchar a sus antepasados experimentan un sentimiento de presencia y misteriosa comunión.
Todo esto puede aplicarse a la lectura de la Biblia. De hecho la Biblia introduce al lector en la herencia de los creyentes desde los primeros protagonistas del Antiguo Testamento hasta nuestros días, creando una fuerte solidaridad entre las diversas generaciones. Cuando uno abre la Biblia experimenta los mismos sentimientos que cuando uno ojea un álbum de familia. Llega a conocer a sus antepasados en la fe y a contemplar las maravillas de Dios que aparecen en ellos. Como dice la Carta a los Hebreos, se siente "rodeado de una gran nube de testigos" (Hb 12, 1). De hecho la Biblia recoge muchas historias de fe en la única historia de salvación, combinando muchos diálogos individuales en el gran diálogo de Dios con la humanidad.
Este entretejido de historias y rostros se aprecia no sólo en el texto bíblico sino también en su transmisión. Hemos hablado antes sobre el crecimiento y expansión de la Biblia. Un cristiano del siglo 20 lee la Biblia enriquecida para los numerosos y variados sentidos que el texto ha ido tomando a través de los siglos. Como escribió el conocido biblista Alonso Schökel, "la tradición es un medio necesario para poder entender el texto y su vida. Ese texto vivió y sigue viviendo dentro de una tradición; sin ella muere. La tradición entra en un proceso dialéctico de interrelación con el texto de tal forma que llega a condicionar su inteligencia y comprensión" (18) . Mientras el método histórico-crítico examina las causas y el contexto de donde nació el texto, la tradición ilumina los efectos causados por él así como la actividad que ha originado en nuestra época. Los frutos producidos a lo largo de una generación entran a formar parte de la comprensión del texto que hereda la generación siguiente. Es algo continuo, dinámico, vital.
Dado que el Asia oriental estuvo ausente del principio de este proceso, ¿cómo pueden los lectores asiáticos formar parte de este dinamismo insertándose en él sólo en un cierto momento? No es de esperar que eso pueda hacerse automáticamente y sin dificultades. Por un parte, por mentalidad y cultura, los lectores asiáticos sienten como nadie la necesidad de dialogar con los antepasados y los maestros, y de montar una lectura coral apoyada en la tradición y en la comunidad eclesial. Por otra, sin embargo, se sienten más alejados que nadie de la tradición cristiana que, en gran parte, es una tradición occidentalizada.
"¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?", era la pregunta irónica de Tertuliano en el siglo tercero. La respuesta sobreentendida era "nada", ya que este autor no veía posible que el cristianismo entrara en la cultura greco-romana. Pero los ulteriores desarrollos de la Iglesia mostraron que estaba equivocado. Hoy día ya nadie se hace esa pregunta. Estamos convencidos de que no sólo es posible y necesario inculturar la Palabra de Dios sino incluso de que las riquezas que la Biblia ha producido a través de los siglos son patrimonio de todos los creyentes y han de ser llevadas a todos los contextos culturales. Un cristiano asiático puede mirar a Agustín, a Tomás y a otros autores cristianos como a sus antecesores en la fe tanto como lo pueden hacer los occidentales. Para entender las Escrituras, los cristianos de Oriente y Occidente acuden a los mismos Padres, y siguen una misma tradición, no tanto porque sea norma autoritativa, sino por una necesidad intrínseca: para entender la Palabra de Dios debemos sumergirnos en su corriente vivificante.
Con todo, en la práctica, en Asia no se ha trabajado todavía suficientemente en este campo. Es aún demasiado grande la distancia entre la tradición de la Iglesia y la tradición de la cultura asiática. Un conocimiento a fondo de la historia de la interpretación bíblica y una atenta reflexión a la expansión dinámica de la Palabra de Dios en épocas y contextos diferentes ayudará grandemente a iluminar la inculturación de la Biblia en Asia.
Yo diría que los cristianos asiáticos pueden beneficiarse especialmente de la riqueza de la exégesis patrística. Los primeros Padres de la Iglesia son "testigos privilegiados de la tradición" (19). Su interpretación de la Escritura, aunque tenga sus limitaciones, tiene un valor especial por su cercanía con los orígenes. Y también porque, como señaló Pío XII en la encíclica "Divino Afflante Spiritu", su contribución procedía de "una especie de delicada intuición de las cosas celestiales, una inefable penetración del espíritu" (20). Fueron pioneros en el proceso de inculturación y seguirán siendo siempre maestros y modelos para la Iglesia en esa tarea. Estos primeros Padres de la Iglesia, especialmente los orientales, hacen amplio uso de símbolos e imágenes, lenguaje figurado y expresiones sapienciales. Los lectores orientales pueden sentirse ahí como en su casa al esforzarse por interpretar la Palabra de Dios.
Importa recordar que, por mucho que nos enriquezcamos con la exégesis hecha por otros, ello no es un sustitutivo de nuestra lectura directa del texto. Significa, más bien, una lectura común del texto, en un diálogo constructivo. Así lo describe un teólogo hebreo, F. Rosenzweig: "Cuando un pasaje bíblico me resulta interesante, leo todo lo que puedo encontrar escrito sobre él en los comentarios tradicionales, averiguo el lugar que ocupa en la historia hebrea, así como lo que ha venido a significar en la tradición cristiana... Si, inesperadamente, descubro que yo mismo me he convertido en uno de esos comentadores bíblicos, entonces caigo en la cuenta de que he entendido el pasaje. (21)
Leer la Biblia de esta manera ensancha la comprensión y casi espontáneamente lleva a hacer dialogar a las tradiciones, maestros y sabios de la propia cultura del lector. Por ejemplo, un chino puede encontrar una cierta armonía entre algunas enseñanzas de Confucio o Lao Tse y los contenidos de la Biblia; un indio puede encontrar signos de las enseñanzas de Cristo en las profundas reflexiones espirituales de hombres como Tagore o Gandhi. No sólo eso. También puede surgir de ahí un diálogo interreligioso. Raimundo Panikkar habla del "Cristo desconocido del Hinduismo" (22), y otros comparan algunas características de Jesús con otras de Buda, o del cristianismo con el budismo (23). La Biblia se convierte así en un fértil campo de encuentro, y el lector es como un mediador entre la Palabra de Dios escrita en el Libro y las "semillas de la Palabra" esparcidas a lo largo de la historia. En este terreno de la Biblia se encuentran y dialogan nuestros Padres en la fe, en la sangre y en la cultura. Este amplio diálogo manifiesta la universalidad de la Revelación: Dios quiere hablar con toda la humanidad, envolviendo a todos en un único diálogo de salvación.
Hablando de la interpretación de las Escrituras Sagradas del Hinduismo, dice Mahatma Gandhi que la primera norma para entender el sentido del texto es "una experiencia práctica de la verdad" (24). De esa manera apunta Gandhi a un instrumento hermenéutico común en Oriente. La verdad perseguida por los libros sagrados no es abstracta, especulativa, metafísica; es más bien práctica, vital. Enseña a vivir bien. Es una luz para el camino y conduce al "conocimiento del camino recto" (Pr 14, 8). Esta verdad gusta de revelarse no en un conocimiento racional sino en una sabiduría armoniosa.
En la misma Biblia, la literatura sapiencial incluye toda una serie de libros, y el concepto "sabiduría" ocupa un lugar importante. En el Antiguo Testamento, la sabiduría es un espacio de confluencia (como el océano donde confluyen los ríos) y ahí convergen tradiciones legales, históricas y proféticas, y se reflejan problemas universales, y ahí el pensamiento hebreo se encuentra con la cultura helenística y las filosofías populares de la época. También el Nuevo Testamento atribuye a Cristo y a sus enseñanzas muchos dichos sapienciales. Cristo es "mayor que Salomón" (Mt 12, 42), pero su sabiduría no es la propia de un estudioso bien dotado sino más bien la que se revela a los pequeños (Lc 10, 21).
En los textos bíblicos, el sabio se maravilla ante la naturaleza y la belleza de la vida, pero también experimenta un sentimiento de impotencia cuando tropieza con las contradicciones y absurdos de la existencia humana. No intenta solucionar los problemas ni tampoco escapar de la realidad. Simplemente, adentrándose en las profundidades de la realidad y la experiencia de la vida, descubre el orden secreto que mantiene a todo en su ser. No intenta explicar el "porqué" de cada cosa, sino que se extasía ante la relación armoniosa que existe entre Dios, el mundo, el ser humano, la vida, la muerte, el tiempo, el espacio, el individuo, la sociedad, etc., incluso cuando a veces esta relación queda ocultada por el conflicto o el desorden.
Los sabios adoptan siempre una actitud contemplativa hacia la realidad. El Budismo zen atribuye al sabio un "tercer ojo", un ojo que ve lo profundo y penetra las regiones ocultas a una visión superficial y niveladora. Aprovechando esa imagen, el teólogo chino Song Choan Seng propone una "teología del tercer ojo" (25) que podríamos aplicar a la lectura de la Biblia utilizando la hermenéutica del tercer ojo.
Basándonos en la primacía de la categoría bíblica "sabiduría", hay buenas razones para suponer que a los lectores asiáticos de la Biblia se les hará más fácil la lectura de la literatura sapiencial. Perciben mejor el poder vital armonizador que fluye del texto, especialmente en lo que respecta a un peligro generalizado al leer la Biblia: la dicotomía entre fe y experiencia, pensamiento y vida, comprensión y acción, obediencia y creatividad, iluminación y conversión.
Dado que la sabiduría es práctica, la literatura sapiencial bíblica no es sólo una interpretación del texto, sino que es también una interpretación de la vida. Aparece a menudo en la exégesis hebrea un axioma que encaja bien con todo el contexto asiático: "Vive las Escrituras y las entenderás mejor". Gregorio el Grande, en una de sus homilías, lo dijo claramente: "Quien quiera entender lo que ha oído, debe intentar poner en práctica inmediatamente lo que ha entendido" (26). La práctica no es precisamente una secuela de la comprensión sino que es una parte integrante de ella. Hay un auténtico movimiento circular entre el entender y el obrar. Una palabra de Jesús lo ilustra: "El que obra conforme a la verdad se acerca a la luz" (Jn 3, 21).
Este enfoque sapiencial de la Escritura origina en los lectores una actitud de asombro agradecido y de humildad sincera. Como los sabios del Antiguo Testamento, estos lectores reconocen que el principio de la sabiduría es "el temor del Señor" y no la posesión de las cosas divinas ni de la propia vida. No es el lector el que analiza, organiza y racionaliza el texto, sino que es el contenido del texto mismo el que irradia y revela su verdad. Cuando la revelación es demasiado alta, demasiado luminosa, demasiado por encima de la capacidad de comprensión, el lector sabio se inclina ante el texto, y lo deposita en su memoria y en su corazón, esperando que lo que se aprende con el corazón se irá poco a poco desplegando y alcanzará su plenitud de sentido en las experiencias de la vida. Oscar Wilde escribió una frase significativa: "Hay obras que esperan, que por mucho tiempo uno no las entiende; es porque traen respuestas a preguntas que uno todavía no las ha formulado; porque la pregunta llega terriblemente más tarde que la respuesta" (27). A la Biblia la podemos considerar como la primera de esas obras, y los asiáticos son los primeros en reconocerlo.
De hecho, la educación y la formación espiritual en Asia insisten todavía en la memorización. Los maestros del zen confían de buen grado en sus discípulos el "Koan", dichos sapienciales aparentemente incomprensibles. El discípulo debe aprenderlos de memoria, repetirlos muchas veces, meditarlos horas y días, hasta que los dichos mismos revelen su sentido. El resultado final es un "despertar" del que ha meditado sobre ellos. Podría criticarse a los asiáticos por este tipo de conocimiento que tiene poca lógica y tan poco fundamento en el raciocinio metódico, o también por memorizar sin entender, pero eso puede igualmente ser considerado como una expresión de sabiduría, una sabiduría comparable a la de María cuando, sin entender de inmediato todo lo que pasaba, "conservaba el recuerdo de todo, meditándolo en su corazón " (Lc 2, 19.51).
A la Palabra de Dios es necesario guardarla en el corazón. En la espiritualidad asiática el corazón ocupa un lugar muy especial. Asia comparte la mentalidad bíblica que mira al corazón como a la fuente de la vida interior de la persona. El corazón es la sede no sólo de los sentimientos íntimos, del amor, del deseo, sino también de la inteligencia, sabiduría, decisión y de toda la vida moral. Ahí es donde celebramos el encuentro con Dios. Es el terreno en el que la Palabra crece, fructifica y transforma nuestra vida.
Las varias formas de meditación practicadas en Oriente y extendidas ahora también por Occidente buscan, por una parte, disponer a la persona, física y espiritualmente, para una apertura total. Por otra parte, intentan ensanchar tiempo y espacio para que la palabra meditada pueda descender lentamente en lo profundo del corazón e invadir desde ahí todo el ser.
En el encuentro de Jesús con los discípulos en el camino de Emaús, Jesús, al principio de su conversación, les recrimina por ser "tardos y duros de corazón" (Lc 24, 25). Cuando les explicaba las Escrituras, "sintieron que sus corazones les ardían por dentro" (Lc 24, 27). Acoger la Palabra de Dios entraña un cambio de corazón.
Así pues, en la Biblia Dios habla al y actúa en el corazón. Pero hay también otro aspecto no menos real ni menos maravilloso: mediante la Biblia los seres humanos podemos entrar en el corazón de Dios. De ello estaban convencidos los Padres de la Iglesia. San Gregorio el Grande afirma: "Leer la Biblia es aprender a conocer el corazón de Dios mediante sus palabras" (28). También Tomás de Aquino, comparando al lector de la Biblia con el privilegiado discípulo que reclinó su cabeza sobre el corazón de Cristo, afirma que leer la Biblia es "entender las Escrituras las cuales manifiestan el corazón de Cristo mediante el corazón del mismo Cristo" (29). La Biblia es un puente de corazón a corazón, del corazón de Dios al corazón humano, y viceversa.
Desde que entra en el corazón de Dios, el lector comienza a alcanzar poco a poco lo que San Pablo llama "revestirse del modo de pensar de Cristo" (1 Cor 2, 16) o "tener los mismos sentimientos de Cristo" (Fil 2, 5), experimentando dentro del corazón de Dios el amor que El tiene a toda la humanidad, poniéndonos en armonía con su sabiduría, a menudo tan alejada de la lógica humana.
Confucio, al trazar su propio camino espiritual, describe la etapa culminante con estas palabras: "A los 70 años podía seguir los deseos de mi corazón sin quebrantar lo que era recto" (30). Había alcanzado una perfecta armonía de corazón en su relación con Dios, con el mundo y con los demás.
Tal vez los teólogos cristianos no han explorado todavía suficientemente esta fuerza del corazón tan destacada en la espiritualidad asiática. A menudo el mensaje cristiano apela en Asia sólo a la inteligencia a través de la doctrina y no llega a encontrar al corazón. La evangelización que toca al corazón parece reservarse al testimonio de vida y al servicio de caridad, y se le considera un terreno totalmente distinto de la reflexión teológica. Un más profundo estudio de la Biblia y una evangelización del corazón centrada en la Palabra de Dios podrían conducir a un resurgimiento de esta energía latente.
En la cultura y religión asiáticas se reflexiona mucho sobre la realidad del sufrimiento, sobre la misericordia y compasión, sobre el amor universal, sobre la paz y la armonía. Todos ellos son temas que presentan una fuerte vinculación con el mensaje bíblico, temas que no deben ser tratados simplemente desde una perspectiva sólo intelectual sino también por la vía del corazón.
Sería muy interesante reflexionar sobre los testimonios de los intelectuales asiáticos no cristianos que expresan el impacto que les ha causado la Biblia. Gandhi, por ejemplo, reconocía haber recibido una gran influencia del Nuevo Testamento. Creía que la enseñanza de Jesús era esencialmente un credo oriental que armonizaba bien con su propio hinduismo. Comparando el Sermón del Monte con su lectura favorita, el Bhagavadgita, al que llamaba su "diccionario espiritual", aseguraba percibir una unidad esencial entre ambos. Dejó escrita así su experiencia: "Jesús jugó una gran parte en mi vida... Cuando comencé a leer el Sermón del Monte, sentí su belleza. Me entró derecho al corazón". (31)
Los cristianos asiáticos, por su particular ansia de totalidad, de plenitud y de armonía, pueden adquirir una comprensión más profunda del tema bíblico de "Shalom" (32). Igualmente su particular sensibilidad para la paradoja y la armonía de vida y muerte, gozo y tristeza, plenitud y vacío, "ying" y "yang" los capacitan para captar el Misterio Pascual de una manera sorprendentemente profunda. Casi da la impresión de que están sintiendo el sufrimiento del corazón del Dios que pone sus ojos en el sufrimiento que aflige a los corazones humanos. Saben cómo acercarse a la cruz contemplando la grandeza del amor y la compasión de un Dios que redime el sufrimiento humano con su propio sufrimiento. Penetran en el misterio que ensambla gozo y tristeza, tal como lo expresó Jesús con la metáfora de la mujer cuando da a luz (Jn 16, 21-23). Comprenden cómo cada persona, cada vida, cada criatura es preciosa a los ojos de Dios, y que todos están llamados a vivir juntos en armonía, sin egoísmo y sin que unos se aprovechen de otros. No es casualidad que teólogos orientales hayan desarrollado, de un modo original y con particular sensibilidad temas tales como "el dolor de Dios" (Kazo Kitamori) (33), "el silencio de Dios", la "soledad de Dios" (Shusaku Endo) (34), o la compasión de Dios hacía el "Minjung", es decir, las masas de gentes sufrientes que no tiene voz ni rostro, pero tienen el derecho a ser reconocidas como sujetos de la historia (Cyrus H. Moon). (35)
Con todo esto, me parece que una lectura de la Biblia "de corazón a corazón" puede contribuir a formar una teología y espiritualidad cristianas y asiáticas que sean a la vez fieles a la revelación divina y a la cultura asiática. De ahí podría surgir una nueva conciencia eclesial y social y un nuevo estilo de evangelización en dirección a una era nueva para las gentes de Asia.
Quiero recordar una convicción que debe estar presente en todos los cristianos, no sólo los asiáticos: toda lectura bíblica, sea cual sea el contexto cultural en que se haga, y los métodos o claves que se empleen, debe desembocar en el encuentro con Cristo.
Aunque el cristianismo, al igual que los hebreos, musulmanes, hindúes y budistas, posee escrituras sagradas, "no es la religión de la Biblia: es la religión de Cristo" (36). Por eso la interpretación bíblica no puede quedarse en el texto o el libro sino, que debe tener una función mistagógica, la de guiar a todos al misterio de Cristo.
Esta charla comenzó con el pasaje del etíope que iba leyendo las Escrituras. Con la guía del Espíritu Santo y la ayuda de Felipe llegó hasta el punto de aceptar a Cristo mediante el agua del bautismo. Quisiera, para concluir, recordar otro pasaje que tiene ciertas conexiones con el primero: el encuentro de Cristo con la mujer samaritana.
De nuevo nos encontramos en tierra de Samaría, el mismo lugar de la conversión del etíope, una conversión que comenzó por la lectura de la Biblia. También aquí aparece el símbolo del agua y también una equivocación inicial. En este caso la mujer no está leyendo un texto sino que encuentra a Cristo bajo la forma de un judío desconocido. Y no es Felipe ni ninguno de los misioneros sino que el mismo Cristo el que guía hacía sí a la mujer en su paciente proceso. Jesús es el término de ese proceso, pero es también, al mismo tiempo, el que lo inspira y guía. Con el símbolo del agua Jesús libera a la mujer de sus expectativas superficiales y la lanza hacía adelante, hasta dentro del misterio. Le muestra que El es en realidad mayor que los patriarcas y que su don es mayor que la herencia tradicional que ella ha recibido. Le habla al corazón, entrando en lo profundo de su vida, abriéndola a Dios Padre, introduciéndola en los horizontes infinitos de esa adoración que se hace en espíritu y en verdad, ayudándola a entender que toda la peregrinación de la humanidad hacia Dios es también la peregrinación hacia la humanidad. No es únicamente la humanidad la que busca a Dios y le habla, es también Dios el que continuamente está buscando verdaderos adoradores. Al final de este proceso, Jesús se reveló a sí mismo y reveló el misterio salvador ligado a su persona. La mujer aceptó entrar en este misterio y se convirtió en su testigo y misionera, puesto que este misterio, por su misma naturaleza, es contagioso y absorbente.
Quiero yo también dejar ese "espacio en blanco" del que les he hablado. Ese espacio será sin duda más hermoso que todas mis palabras. Permítanme sólo repetir una vez más la palabra que considero la más importante y que no es mi palabra sino la que Jesús dirigió a la mujer samaritana y dirige a todo el que lee la Biblia: "Soy yo el que habla contigo".
Notas
(1) La expresión es de William Blake. Cfr. N. Frye, "The Great Code. The Bible and Literature", London 1982.
(2) La encíclica Divino Afflante Spiritu de Pío XII muestra la relación existente entre el misterio de la Encarnación y la realidad de la Biblia: "Lo mismo que la Palabra sustancial de Dios se hizo en todo semejante a los hombres excepto en el pecado (Heb 4,15), así las palabras de Dios expresadas en el lenguaje humano se hacen semejantes al discurso humano en todo excepto en el error". Esta afirmación la recogió casi literalmente el Concilio vaticano II en la Constitución dogmática Dei Verbum (DV, 13).
(3) El Concilio Vaticano II destacó en forma especial el paralelismo entre la Palabra de Dios y la Eucaristía, subrayando la dimensión sacramental de la Biblia (DV 21). Durante el Concilio, Mons. Neophytos Edelby, en nombre de las tradiciones orientales, ofreció a este respecto una reflexión muy significativa: "Las Escrituras son una realidad litúrgica y profética... En esa realidad las Iglesias Orientales ven la consagración de la historia salvífica bajo las especies de la palabra humana, inseparable de la consagración eucarística, la cual resume toda la historia en el Cuerpo de Cristo".
(4) Gregorio el Grande,"Moralia" 20,1 (CCL, 143A, 1003).
(5) Gregorio el Grande, "Homiliae in Hiezechihelem", 1, 5, 2 (CCL, 142, 57).
(6) W. Bühlmann, "The coming of the Third Church", Maryknoll, Orbis Books, 1978, 162.
(7) Juan Pablo II, "Tertio Millenio Adveniente" 38.
(8) Cfr. E. Bianchi, "La centralitá della Parola di Dio", en G. Alberigo - J. P. Jossua (ed)., "Il Vaticano e la Chiesa", Brescia, 1985, 159.
(9) Cfr. J. Gernet, "China and the Christian Impact. A Conflict of Culture", Cambridge, 1985, 241 ss.
(10) Cfr. C. Bissoli, "La Bibbia nella chiesa e tra i cristiani", en R. Fabris (ed.), "La Bibbia nell'epoca moderna e contemporanea", Bologna, 1992, 147-183.
(11) Véase, por ejemplo, el interesante trabajo sobre la interpretación india del evangelio de San Juan: G. M. Soares-Prabhu (ed.), "Das Johannesevangelium in indischer Deutung", Herder, Freiburg, 1984. Dentro del tema de la interpretación bíblica en contextos culturales del Tercer Mundo han aparecido algunas contribuciones estimulantes de autores asiáticos en: R. S. Sugirtharajah (ed.), "Voices from the margins. Interpreting the Bible in the Third World", London-Maryknoll, 1991. En la línea de la interpretación bíblica feminista hecha por mujeres asiáticas de varias confesiones cristianas, hay publicados algunos artículos interesantes en: J. S. Pobee -B. von Wartenberg - Potter (ed.), "New Eyes for Reading. Biblical ant theological reflections by women from the third world", World Council of Churches, Geneva, 1986.
(12) E. Lévinas, "L'au-delá du verset", París, Minute, 1982
(13) "Sacrae Scripturae interpretatio infinita ese": J. Duns Scotus, Div. nat. I, II, c. 20 (PL 122, 560A). Cfr. P. C. Bori, "L'interpretazione infinita. L'ermeneutica cristiana antica e le sue trasformazione", Bologna, Il Mulino, 1987.
(14) Lao Tse, "Tao Te Ching", 1, traducido por John C.H. Wu, Boston, Shambhala, 1989.
(15) Efhrem, "Commentarius in Diatessaron" I, 18-19 (SC 121, 153).
(16) Ignatius of Antioch, "Letter to the Ephesians", 15, 2.
(17) Confucius, "Lun Yu" (Confucian Analects) VII, 19
(18) L. Alonso Schökel - J.M. Bravo Aragón, "Appunti di ermeneutica", Bologna, Dehoniane, 1994, 147
(19) Congregación para la Educación Católica, "Instruction on the Study of the Fathers of the Church in the Formation to Priesthood", Rome, 1989, n. 18-29.
(20) Pío XII, "Divino Afflante Spiritu", 30 Sept. 1943: AAS 35 (1943), 312.
(21) F. Rosenzweig, "La scrittura. Saggi dal 1914 al 1921", Roma, Cittá Nuova, 1991, 41.
(22) Cfr. R. Panikkar, "The Unknown Christ of Hinduism: Towards an Ecumenical Christophany", Maryknoll, N.Y., Orbis Books, 1981.
(23) Cfr. J. Spae, "Buddist-Christian Empathy", Tokyo, 1980; H. Dumoulin, "Christianity meets Buddhism", La Salle, Illinois, 1974; J. Kadowacki, "Zen and the Bible", London,1977; M. Zago, "Buddhismo e cristianesimo in dialogo. Situazione-rapporti-convergenze", Roma, Cittá Nuova, 1985. En los últimos tres años han tenido lugar en Asia dos importantes encuentros entre budistas y cristianos: "Working together for harmony in our Contemporary World. Buddhists and Christians in Dialog", Pattaya, Tailandia, Abril 25-29, 1994, patrocinado por la Oficina de Asuntos Ecuménicos e Interreligiosos de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia; "Buddhist-Christian Colloquium", Kaohsung, Taiwan, 31-4 Agosto, 1995.
(24) M.K. Gandhi, "Gandhi commenta la Bhagavadgita", M. Mele (tr.), Roma, Ed. Mediterránea . 1988, 12
(25) Song Choan-Seng, "Third-Eye Theology", New York, Orbis Books, 1990.
(26) Gregorio el Grande. "Hom. Evang". 23, 2.
(27) Citado por B. Frechtman (ed.), "Oscar Wilde. In memoriam", New York, Philosophical Library, 1949, 11.
(28) Gregorio el Grande, "Registrum Epistolarum", V, 46.
(29) "Per cor Christi intelligitur Sacra Scriptura quae manifestat cor Christi". Tomás de Aquino, in P. XXI, 11.
(30) Confucio, "Lun Yu (Confucian Analects)", II, 4.
(31) H. A. Jack (ed.), "The Gandhi Reader", Bloomington, Indiana University Press, 1956, 23, véase también C. Veliath, "Actitud de Mahatma Gandhi hacia el cristianismo", en "Misiones Extranjeras", Madrid, 135(1993)214-220.
(32) En las reflexiones de la FABC el tema de la armonía ha sido reconocido como crucial, especialmente en el contexto del diálogo Interreligioso. De hecho, ya el primer encuentro del Instituto de los Obispos de Asia para el Diálogo Religioso (BIRA, IV-1, Sampran, Tailandia, 1984) afirmó la necesidad de desarrollar una teología de la armonía. La misma preocupación estuvo presente en la reflexión de BIRA IV-2, Sukabumi, Indonesia, 1988.
(33) Kazo Kitamori, " The theology of the Pain of God", Jhon Knox Press, Richmond,1965.
(34) Shusaku Endo, "Silence", traducido por William Johnston, Tokyo, Sophia University, 1969; id., "Sikai no Hotori" ("On the stores of the Dead Sea"), Tokyo, Shincho Shia, 1973.
(35) C. H. Moon, "A Korean Minjung Theology. An Old Testament Perspective", 1985. Véase también A. Pieris. "An Asian theology of Liberation", New York, Orbis Books, 1961, 197.
(36) H. de Lubac, "Exégese mediévale", Paris, Aubier, 1961, 197.